La Escuela sindical impulsada por nuestra Federación Nacional de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos y Siderúrgicos del Perú (FNTMMSP), cuya primera edición hoy culmina con éxito, lleva como nombre el siguiente llamado: «Retomemos el camino de Saúl Cantoral Huamaní».
Esta exhortación, a la vez autocrítica y reafirmación, no constituye solo un reconocimiento simbólico del legado de nuestro compañero Saúl Cantoral, sino, sobre todo, la condensación de un diagnóstico y el trazo de un camino hacia el futuro.
En estos seis meses de formación continua, hemos podido conocer a fondo la historia de nuestro movimiento. Desde 1969, cuando se funda nuestra federación, hasta finales de la década de 1980, el crecimiento del sindicalismo minero fue asombroso.
Estudiosos como Denis Sulmont reportan que a finales de los años setenta, el 95% de los trabajadores mineros pertenecía a un sindicato. Las bases mineras habían logrado un alto nivel de unidad y centralización en federaciones regionales y en nuestra federación nacional, y nuestro movimiento destacaba por su capacidad combativa, siendo la huelga el instrumento principal.
La generación de Saúl Cantoral, que tomó las riendas de la federación unificada, encabezó las jornadas de lucha de mayor trascendencia de nuestra historia sindical. Tan solo en el año 1988 realizamos 168 huelgas y el 62% del total de trabajadores mineros del país paralizamos labores.
Dos de esas huelgas fueron de alcance general, levantando un pliego nacional que recogía las principales demandas de la clase obrera minera, metalúrgica y siderúrgica del Perú.
Fue tal la contundencia de las medidas de lucha y tal la valentía de nuestra dirigencia, que para acallarnos tuvieron que recurrir al crimen, asesinando cobardemente a Saúl Cantoral y a Consuelo García, en febrero de 1989.
Desde entonces, la figura de nuestro compañero Saúl se convirtió para nosotros en un símbolo. Simboliza la unidad de la clase obrera minera. Simboliza espíritu de lucha. Simboliza consecuencia. Sobre todo, simboliza conciencia de clase.
Y es que el legado que nos dejan los compañeros fundadores de nuestra federación y la generación de Saúl, que impulsó la más importante lucha de nuestro movimiento, en tiempos extraordinariamente difíciles, radica, sobre todo, en la conciencia de clase.
El sindicalismo clasista, promovido por el amauta José Carlos Mariátegui desde inicios del siglo pasado, no solo es un estilo sindical, ni mucho menos es una impostura de radicalidad en el discurso. Nada de eso.
Es el reconocimiento de pertenecer a una clase con un proyecto histórico de liberación. Es comprender que la clase trabajadora, por diversa que sea, tiene los mismos intereses y los mismos enemigos. Es comprender que la clase trabajadora lucha por una sociedad sin explotación y, por ello, tiene como enemigos a las clases explotadoras, al imperialismo y al sistema que ellos defienden.
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Todos sabemos que los años que siguieron al asesinato de Saúl abrieron una larga crisis de la cual no nos hemos recuperado. Este proceso de destrucción del sindicalismo, que fue común al conjunto del movimiento obrero, fue promovido por las reformas neoliberales de la década de 1990.
El gobierno de Alberto Fujimori, al servicio del gran poder corporativo, cumplió el encargo de convertir el Perú un país de trabajadores baratos y recursos estratégicos empeñados al capital foráneo. Ese nuevo orden, instalado mediante una dictadura, quedó resguardado por la Constitución de 1993 y se ha mantenido hasta nuestros días.
En nuestro movimiento, pasamos de realizar 168 huelgas en 1988, paralizando a 107 mil trabajadores, a realizar apenas 9 el año 2000, paralizando solo a mil trabajadores. Esta situación, lamentablemente, no ha cambiado de forma sustancial en los últimos 25 años. Exceptuando la huelga nacional del año 2007, los años que han seguido han prolongado aquel panorama de desmovilización y debilidad.
El dato más reciente, del año 2024, nos dice que solo hemos realizado 7 huelgas y hemos paralizado apenas a 818 trabajadores. Esa es cantidad es ínfima en una clase trabajadora que es 40% más grande que en 1988, y preocupante pues las condiciones de trabajo antes que mejorar, vienen en franco deterioro.
Sabemos que detrás de ese debilitamiento se encuentran varias de las reformas impulsadas desde el programa neoliberal. Entre ellas, las que más nos han impactado han sido las privatizaciones, la jornada atípica, el fin de los campamentos mineros y la extendida tercerización laboral, que hoy abarca a 7 de cada 10 trabajadores, generando trabajo precario, inestabilidad laboral e innumerables trabas para la organización.
Sin embargo, la principal victoria de la clase capitalista se ha ubicado no en el campo económico ni en el organizativo, sino en el ideológico; es decir en nuestra mente y en nuestro espíritu.
Nos han impuesto como verdad lo que en realidad es una mentira: que el trabajador debe desentenderse de la política y que el sindicalismo solo debe concentrarse solo en la defensa de demandas económicas y de condiciones de trabajo.
Se nos ha impuesto el engaño de que el sindicalismo clasista solo fue útil en el siglo pasado y que este siglo debemos practicar un sindicalismo pragmático, que busque el entendimiento con las empresas, que busque el ganar-ganar, que se conciba como un club donde cada afiliado invierte una cuota esperando un beneficio.
Cambiamos la formación política por las capacitaciones técnicas. Cambiamos la conciencia de clase por el cálculo individual. Cambiamos el principio de «unidad de clase» por el principio de «cada quien defiende lo suyo». Dejamos atrás la construcción de un proyecto histórico para los trabajadores y lo reemplazamos por el pliego de reclamos de empresa, la negociación y el bono.
Siendo necesarias las demandas económicas, no debemos olvidar las palabras de Mariátegui, cuando advertía que «un proletariado sin más ideal que la reducción de las horas de trabajo y el aumento de los centavos del salario, no será nunca capaz de una gran empresa histórica”.
Y es que en ese tiempo en el que los trabajadores éramos endulzados con la fantasía del diálogo social con paz laboral, basado en la moderación y el pragmatismo, la clase capitalista no dejaba de avanzar en sus intereses, controlando la política, imponiendo sus ideas en la educación y la cultura, y asegurándose niveles cada vez mayores de explotación y de control.
En los últimos años, quitándose la máscara de la moderación, vienen adoptando posturas fascistas, recurriendo cada vez más a la violencia y acentuando su carácter imperialista. Esta realidad la conocemos muy bien en países dependientes como el nuestro, donde el sector minero lo controla el capital extranjero.
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¿Y nosotros qué hemos hecho? ¿Qué haremos para ponerles freno? ¿Qué haremos para dejar la defensiva y pasar a la ofensiva?
Retomar el camino de Saúl no es, pues, solo una declaración de homenaje. Todo lo contrario. Es el reconocimiento de la situación en la que nos encontramos, de las tendencias que nos amenazan directamente y de la necesidad de cambiar de rumbo.
Necesitamos recuperar los principios clasistas, comprender que el sindicato es un instrumento de lucha de la clase trabajadora, que debemos estar unidos como un frente único en cada organismo sindical, que debemos practicar la democracia interna a la par de la disciplina, que debemos depender de nuestras propias fuerzas, que debemos unirnos de forma solidaria con todo el pueblo trabajador y que debemos practicar la independencia política de clase, persiguiendo nuestros objetivos históricos.
Se vienen tiempos oscuros, muy difíciles. Vivimos un momento histórico en el que la lucha de clases se desarrolla rápidamente y se sinceran las posiciones. Como un elemento central de la disputa están los recursos naturales. El sector minero peruano es estratégico. Con un empresariado envalentonado y con un sistema político cada vez más cerrado, puesto a su servicio, podemos anticipar que se hará más honda la presión contra la clase trabajadora.
Ante esta situación, fracasar no es una opción. Nuestra única alternativa es ponernos de pie, enmendar el rumbo y trabajar sin descanso, con firmeza y lealtad, por el renacimiento del movimiento sindical minero.
Es necesario comprometernos con los principios del sindicalismo de clase y fortalecer nuestras organizaciones, elevando el nivel de conciencia y el espíritu de lucha.
Es necesario comprometernos con las luchas del conjunto de las clases populares en nuestras regiones y a nivel nacional.
Es necesario trabajar con miras a construir un pliego nacional minero y preparar una gran huelga nacional.
Es necesario, en suma, retomar el camino de nuestro compañero Saúl Cantoral Huamaní.
¡Viva la clase trabajadora minera!
¡Viva la memoria de Saúl Cantoral y Consuelo García!
¡Viva la clase trabajadora del Perú y del mundo!
Consejo Ejecutivo Nacional – FNTMMSP
Lima, 17 de junio de 2026

